domingo, 24 de febrero de 2013

El juego en el niño



http://www.psicogeometria.com/juego.html#cap1

Educativo
 
Artículo #A9: "Caracteristics del juego en niños de 7-8 años y 11-12 años"
 
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El juego, actividad creadora y búsqueda de la persona
Edades y conceptos de juego
El juego en el contexto social


Clasificación de los juegos infantiles por funciones: generales y específicas
Comparación de características generales del juego en niños de 7-8 años y niños de 11-12 años 
Características especificas del juego en niños de 7-8 años 
Características especificas del juego en niños de 11-12 años


Influencia del juego en la creación de la identidad infantil
Psicogenética de Piaget y su relación con el desarrollo del niño
La búsqueda de la autonomía del niño y las etapas del desarrollo psicosexual de Erikson

Bibliografía                                                                                                                         
           
Capitulo 1 – El juego infantil

El juego, actividad creadora y búsqueda de la persona

En el juego el niño puede crear su personalidad, y el individuo descubre su persona cuando se vuelve creador.   El individuo en esta creación de su persona busca generar un clima de relajamiento.  El niño crea este clima por medio del juego así como el adulto lo puede hacer por medio de sus pasatiempos o cuando esta en psicoterapia.  Los aspectos que hacen posible el relajamiento en términos de libre asociación es la capacidad de generar relaciones múltiples e indiscriminadas.  En el relajamiento surge la confianza basada de la experiencia; de la afectividad creadora, física y mental, manifestada por medio del juego; la suma de las experiencias para formar la base de un sentimiento de la persona.    El niño, así como el individuo, por medio del juego afirma su “Yo Soy”, estoy vivo, soy yo mismo.  
El juego es una actividad espontánea, natural, sin aprendizaje previo, que brota de la vida misma.  Es comparable a un instinto como el hambre y la sed.  Es una necesidad vital, una función propia de los seres vivientes, cuyo origen debe buscarse en una serie de impulsos que se van desenvolviendo gradualmente hasta adquirir una forma determinada por influencia del medio circundante.  Por eso podemos explicar que la actividad lúdica se presente en las más diversas formas y grados.

El juego tiene tres funciones centrales según diversos autores.  Primero, dicho por Groos, el juego parece tener un fin biológico, pues facilita el desarrollo y el crecimiento de órganos y del sistema nervioso en seres humanos y animales.  Segundo, el juego tiene un papel de carácter social.  Los bailes, las reuniones, las competencias sirven para desarrollar los sentimientos sociales, de solidaridad.  Tercero, la función que asigna Carr al juego es una función catártica, es decir, purgativa.  Es una purificación de ciertos afectos por medio de parlamentos artísticos o actitudes violentas.    Esta teoría catártica del juego se debe referir a dos grupos de impulsos: a la lucha por la conservación y al instinto sexual. 
A continuación describiremos brevemente algunas de las características generales del juego en el niño.
En general podemos decir que los niños juegan por placer, por que les gusta hacerlo, los niños gozan con las experiencias físicas y emocionales del juego. Los niños son capaces de encontrar objetos  e inventar juegos con mucha facilidad y disfrutan al hacerlo.  También los niños juegan porque liberan odio y agresión en el juego.  Juegan para controlar la ansiedad.  Es difícil que la gente acepte que los niños juegan para controlar ansiedad, o para controlar ideas e impulsos que llevan a la ansiedad si  no se los controla.
La ansiedad siempre constituye un factor en el juego de un niño, y a menudo el principal. La amenaza de un exceso de ansiedad conduce al juego compulsivo o al juego repetitivo o a una búsqueda exagerada de placeres relacionados con el juego; y si la ansiedad es excesiva, el juego se transforma en una búsqueda la gratificación sexual.
Los niños juegan para adquirir experiencia. Las experiencias externas e internas pueden ser ricas para el adulto, pero para el niño las riquezas se encuentran principalmente en la fantasía y el juego. Así como la personalidad de los adultos se desarrolla a través de su experiencia en el vivir, del mismo modo la de los niños se desarrolla a través de su propio juego.  Además, con el juego establecen contactos sociales.  El juego proporciona una organización para iniciar relaciones emocionales y permite así que se desarrollen contactos sociales.
Los niños juegan como un medio para integrar su personalidad.  El juego, el uso de las formas artísticas, y la práctica religiosa, tienden de maneras diversas, pero relacionadas, a la unificación y la integración general de la personalidad. Es en el juego en donde el niño relaciona las ideas con la función corporal. El juego es la alternativa a la sensualidad en el esfuerzo del niño por no disociarse. Es bien sabido que cuando la ansiedad es relativamente grande la sensualidad se torna compulsiva y el juego resulta imposible.
El juego puede lograr mejor comunicación con la gente.  Un niño que juega puede estar tratando de exhibir, por lo menos, parte del mundo interior, así como del exterior a personas elegidas del ambiente. El juego puede ser algo muy revelador sobre uno mismo, tal como la manera de vestirse puede serlo para el adulto. Esto es susceptible de transformarse a una edad temprana en lo opuesto, pues cabe decir que el juego, como el lenguaje, nos sirve para ocultar nuestros pensamientos, si nos referimos a los pensamientos más profundos. El juego como los sueños, cumple la función de autor revelación y comunicación a nivel profundo.
El juego en edades tempranas es de carácter fundamentalmente instintivo y su función consiste en ejercitar capacidades que son necesarias para la vida adulta.

Edades y conceptos de juego

El juego es el mejor elemento para el equilibrio psíquico del niño y si hay un déficit en el juego puede originar un problema de carácter.  Existen tres edades en el niño, la edad mental, la edad cronológica y la edad de juego.  
Pero estas clases de edad no siempre coinciden.  La edad de juego debe ser determinada por el grupo infantil con el cual el niño prefiere jugar.  Además, es importante observar si el niño prefiere juegos con niños de su mismo sexo o no.   El juego es una actividad que el niño hace de manera espontánea como manifestación para desplegar y afirmar su personalidad.  El juego tiene una función de realizar su “yo”.  Pero al afirmar su personalidad adquiere también una afirmación social.  Así, el juego es una escuela de voluntad. 
La participación del niño dentro de un grupo adquiere una importancia capital porque es el grupo el que fija las reglas y las normas del juego.  Así el juego es una nueva forma y función de desarrollo y desenvolvimiento social del individuo.  Mediante el juego no solo se ejercitan las tendencias sociales sino que se mantienen la cohesión y la solidaridad del grupo con las reuniones, fiestas y actos populares.  El juego además es un medio de transmisión de ideas, costumbres, mitos, leyendas y canciones de una generación a otra, y que, en su conjunto constituye el folklore de cada pueblo. 
El juego no busca otra cosa que el placer mismo del juego.  Cuando el niño juego lo hace como si fuera la realidad misma, sin darse total cuenta que persigue objetivos completamente ficticios.  El niño puede saber que eso son ficciones, pero sigue el juego porque le encanta ese mundo creado por la imaginación y que le sustrae del mundo de la realidad. 

El juego en el contexto social

El juego no es un simple pasatiempo ni una mera diversión.  El niño lo toma muy en serio aunque sabe que todo es ficticio.  El niño vive y goza emocionalmente en ese mundo ilusorio que ha creado su fantasía.  El juego desempeña también una función social  y cultural porque satisface la necesidad de realizar los ideales de la convivencia humana y se eleva por encima de los procesos puramente biológicos, sin excluirlos ni anularlos.  El juego, en sus formas superiores, adquiere un carácter sagrado, porque puede servir al bienestar del grupo más allá de sus intereses materiales.
Los juegos tienen la característica de desenvolverse dentro de un espacio real o ficticio, bien delimitado y alejado del mundo circundante.  Es un espacio consagrado al juego, es decir, un espacio sagrado, como lo indica la palabra, totalmente separado y limitado del resto y que no debe ser violado mientras se desarrolla su acción.  El juego, para ser perfecto, ha de desenvolverse en ese campo, con cierto orden, por etapas estrictas, que no han de ser alteradas porque en tal caso deja de existir el juego, por haber quedado deshecho y destruido su encanto.
Las reglas del juego hacen también que el juego se mantenga dentro de ciertos límites.  Puesto que la dinámica del juego implica un constante movimiento de ir y venir, las reglas deben ser claras para todos los jugadores.  El niño ha creado una imagen del juego y ha establecido ciertas reglas para lograr su objeto.  Poco a poco va aprendiendo a controlar sus impulsos, sometiéndose a las reglas fijadas por el grupo a que pertenece, las cuales son aceptadas por todos los miembros que lo componen.
Cada grupo de niños constituye una verdadera sociedad infantil.  Tiene su organización, conserva las reglas del juego, dispone de canciones, ceremonias y ritos que practican y obedecen todos.  Cada grupo posee un conductor que lo dirige y que cuando es necesario se enfrenta con otros grupos similares.
Cada uno de los miembros se ve obligado a mantenerse en el puesto que se le ha fijado por imperativo de la ley del grupo.  Todo esto implica orden, sin el cual no puede haber juego.  Cualquier infracción de las reglas establecidas anula y destruye el juego mismo.
Conforme los niños crecen, es evidente que el concepto de “ganar” esta íntimamente relacionado con el juego.  Cuando se juega, no hay duda de que se aspira a ganar. Pero ganar, no significa otra cosa que mostrarse superior a otro, y si el ganador pertenece a un equipo esta superioridad se extiende a todo el grupo.  Lo esencial del juego cuando el niño va creciendo es que el triunfo, el éxito, se convierte en lo importante y comienza a perder valor el juego por si mismo, por el hecho de jugar.
En la explicación que Piaget da de estos juegos de reglas hay una gran discontinuidad entre dos etapas del conocimiento practico de las reglas (entre el principio de la cooperación que sucede alrededor de los 7 años y la codificación de las reglas alrededor de los 12 años, este tema lo ampliaremos en breve) y los rasgos que caracterizan a cada una de ellas.
Las reglas propiamente dichas no empiezan a formularse hasta que no hay una referencia a las acciones básicas, que frecuentemente dan significado al propio juego.  Solo en el momento en que el niño se fija en la regla como independiente de la acción que éste gobierna, comienza a codificar no solo las situaciones que suceden sino también aquellas que solo son posibles e incluso aquellas que probablemente nunca sucederán.  Son las características comunes, es decir, los niveles de conocimiento práctico compartido por cada grupo de niños, los que nos permiten una descripción del proceso que conducirá a la versión final del juego tal como es construida por cada generación de niños.
Es frecuente que las nuevas reglas se introduzcan en el juego no como prescripciones sino como simples rituales o como meras descripciones de las acciones, de modo que no contradigan a las reglas básicas de los niveles anteriores.  Es decir, se conserva la estructura interna del sistema de reglas ya establecido aun cuando se pase a un siguiente nivel de complejidad.
Estas capacidades que se presentan conforme los niños se desarrollan, la capacidad social para jugar un juego y cognitiva para explicarlo y aplicar las reglas, parecen estar muy relacionadas con las preferencias que los niños tienen por determinados juegos.  Para mantener el interés del juego, el placer que éste produce, los jugadores tienen dos procedimientos para elevar la complejidad de las coordinaciones entre ellos: dentro del mismo juego y pasando de un juego simple a otro complejo.  
La construcción que realiza el niño de su conocimiento social esta muy relacionada con sus interacciones sociales, en el mismo sentido en el que su conocimiento del mundo físico esta relacionado con sus actuaciones sobre el. Una gran parte de las interacciones sociales del niño a lo largo de toda su infancia tienen lugar precisamente en el terreno del juego.  En él se producen cambios dramáticos que pueden ser observados en los juegos sociales, en el juego de ficción de los niños pequeños y en los juegos de reglas estructurándose en los últimos años de la infancia. El motivo de los primeros juegos sociales parece ser el afecto y el placer que produce coordinarse con otros sujetos en una estructura.



Capitulo II – Características del juego en niños de 7-8 años y 11-12 años

Clasificación de los juegos infantiles por funciones: generales y específicas

Claparede , de acuerdo con las finalidades que se atribuyen al juego, los clasifica en dos categorías.  Juegos de funciones generales y juegos de funciones especiales.
Los juegos de funciones generales son todas aquellas actividades en que intervienen los sentidos, los movimientos y los juegos psíquicos.  La mayoría de estas características las encontramos relacionadas con los juegos que practican los niños en las edades de 7 y 8 años.
Dentro de los juegos de funciones generales encontramos:
  • juegos sensoriales, son los juegos donde los sentidos se ponen en actividad.  Por ejemplo, tocar cosas, hacer ruido golpeando objetos, probar sustancias, embadurnar colores.
  • juegos motrices o motorices, son los juegos donde los miembros se ponen en actividad.   Mediante ellos se fortifican los músculos, se opera la coordinación de los movimientos y se hacen más precisos y seguros.  Pertenecen a esta clase las carreras, los saltos, lanzamiento de piedras, juego de pelota, movimientos del lenguaje como trabalenguas.
  • juegos psíquicos, pueden ser intelectuales o afectivos.  En los intelectuales interviene principalmente la atención cuando se trata de comparar o reconocer formas o números, como domino o lotería.  Algunos de estos juegos han servido para elaborar ciertas pruebas destinadas al examen mental de niños.  En los juegos psíquicos interviene la imaginación, la asociación de ideas o el razonamiento, por ejemplo, las adivinanzas, encontrar rimas, ajedrez, damas.  Los juegos afectivos ocupan un lugar preponderante en el sentimiento del niño.  Son aquellos donde el niño se involucra con una historia como las de bandidos y detectives, aventuras, peripecias de personajes pues les despiertan entusiasmo o miedo.  Juegos como el vigilante y el ladro que despiertan sentimientos y emociones.  Se desarrolla la voluntad pues incluye los juegos donde se inmovilizan los niños durante algún tiempo. 
Por otra parte, los juegos de funciones especiales, son todos aquellos que corresponde a los de lucha y victoria.  La mayoría de estas características están relacionadas con los juegos que practican los niños de 11 y 12 años.  Son juegos de proeza porque consisten en rivalizar en una determinada actividad.  Están en intima relación con los instintos, especialmente el de la conservación del individuo.  Son de suma importancia para la formación del carácter. 
También pueden consistir en competencias espirituales, como las polémicas, discusiones, legatos.  La función es desarrollar y fortificar la voluntad, es decir, formar el carácter.  Mediante ellas el jugador se afirma ante los otros y ante si mismo.
En los juegos de funciones especiales encontramos:
  • juegos sociales, se caracterizan en que sus actuaciones se desarrollan en común, en camaderia.  Las cabalgatas, cuadros deportivos, formación de campamentos, sociedades infantiles.  Contribuyen a desarrollar los impulsos sociales, como la solidaridad, el espíritu de grupo y el sentimiento de comunidad.
  • juegos familiares,  en ellos dominan el instinto materno y el paterno, es decir, el instinto domestico.  Se asocian a niños y niñas donde el niño hace el papel de papa y la niña de mama.  La muñeca ocupa un lugar de preferencial.  Se arregla el lugar de juego como si fuera una casa. 
  • Juegos imitativos.  En esta clase de juegos el niño imita las actividades de los adultos por puro placer.  Ya desde los dos años los niños comienzan a imitar.  Primero se imitan a si mismos luego imitan a un adulto, imitan sus gestos, lenguaje, actitud, indumentaria.  En estos juegos simulan ser soldados e imitan sus actuaciones, representado situaciones alejadas de la realidad.  Ay un verdadero desdoblamiento de la personalidad.  Por una parte viven la realidad y por otra han creado un mundo ficticio con una guerra imaginaria y viven todas sus emociones como si fuera una guerra de verdad.
 
El valor educativo del juego es de suma importancia tanto en su dimensión espiritual como física.  Los primeros tipos de juego sirven para el desarrollo de funciones generales como sentidos, movimientos, sentimientos, atención. Otros, los segundos para el desarrollo de funciones más especiales como la sociabilidad, la imitación, la competencia y la lucha.
La función primordial del juego es preparar al ser para actuar con eficacia en la vida adulta.  Así el juego infantil es un preejercicio, un verdadero adiestramiento futuro.  La diferencia entre el juego del niño pequeño y del mayor es que este ultimo deja de ver las actividades de juego como tales y las empieza a ver como un trabajo.

Características generales del juego en niños de 7-8 años y niños de 11-12 años

Se considera el juego en niños de 11-12 años  como una actividad opuesta al juego infantil, de alguna manera equiparable al trabajo.  En los niños de 7-8 años el juego es una actividad agradable, mientras que el juego en niños de 11-12 años comienza a ser una actividad penosa, como el trabajo.  Se dice que el juego es para los niños y el trabajo para los adultos.  Sin embargo, la única diferencia entre ambos tipos de juegos es que obedecen a distintas motivaciones. 
Primero, el juego en niños de 11-12 años se caracteriza porque tiene una finalidad exterior.  El juego sirve para lograr un fin que no es el juego mismo.  El juego viene a ser nada más que un medio para alcanzar un objetivo deseado, sea económico, espiritual o social.  A diferencia del juego en niños de 7-8 años que tiene una finalidad intrínseca.  Es un fin en si, carece de una finalidad externa, pues se basta a si mismo.
Segundo, el juego en niños de 11-12 años incluye el carácter de “obligatoriedad”.  Hasta el fin mismo que uno se propone con juego esta impuesto por las exigencias de la vida.  En cambio la actividad lúdica carece de obligatoriedad.  Se trata de una actividad completamente libre y espontánea que no impone una necesidad externa.  Es cierto que en los juegos sociales el sujeto se somete a ciertas reglas, pero esta subordinación es voluntaria y convencional. 
Tercero, en el juego en niños de 11-12 años se deben llenar determinadas condiciones intrínsecas, que significan la realización simultánea de dos finalidades: una, el fin que uno propone con ese juego y dos, las condiciones impuestas por el medio.
En cambio, en el juego de niños de 7-8 años, dado su carácter espontáneo y libre, no obedece a estas condiciones, puesto que no persigue una finalidad consciente fuera de la actividad misma.  No quiere decir que el juego carezca de toda finalidad.  Por el contrario, en el juego hay una finalidad profunda pero inconsciente.  Cuando el niño se entrega al juego en cuerpo y alma realiza inconscientemente esa finalidad, ignorando en absoluto que cumple con un designio de la naturaleza.  Este designo, consiste en desarrollar su cuerpo y su espíritu, a fin de prepáralo para la vida del adulto.  El juego en esta edad es un “preejercicio”.
Sin embargo, desde el punto de vista objetivo, no hay diferencia entre ambos tipos de juego pues ambas actividades conducen a resultados externos, solo que los frutos del juego en niños de 7-8 años son efímeros y de escaso valor, en tanto que los resultados del juego en niños mayores son mas permanentes y valiosos.  Desde el punto de vista subjetivo, un acto pertenece a la esfera del  juego si es gozada la actividad misma sin tener en cuenta para nada el resultado.  En cambio, un acto pertenece a la esfera del juego de 11-12 años cuando lo que se desea es principalmente el fin perseguido. 
En el juego en niños de 11-12 años, desde el punto de vista fisiológico hay también una diferencia, en este tipo de juego intervienen siempre los mismos órganos, los miembros y el cerebro, durante un tiempo prolongado.  Por el contrario, del juego en niños de 7-8 años participan todas las partes del cuerpo, con movimientos muy variados, en un tiempo generalmente de poca duración, de modo que no se produce tanta fatiga.  En el juego de niños de 11-12 años la energía se pone en actividad siempre dirigida hacia la finalidad deseada, lo que significa un mayor esfuerzo y por ello puede resultar más penoso y duro.

Características especificas del juego en niños de 7-8 años 

El niño de 7 u 8 años dispone de energía y fuerza de sobra para poder jugar, pero el niño de 11 o 12 años se va alejando de los juegos físicos porque va menguando lo emocional y aumenta lo racional.  Su actitud se distingue por su fijación en minucias y en quehaceres y detalles.  El impulso de jugar se ha desplazado, dirigiéndose a otros intereses más positivos.   
La causa de la desaparición paulatina del juego con la edad, se encuentra en la perdida de todo aquello que caracteriza lo vital del ser juvenil.  Lo emocional ha dado paso a la actitud raciona y a un pensar totalmente frío.  Por lo general, los juegos a esta edad son los juegos sociales, las danzas, las fiestas, los conciertos musicales, las representaciones teatrales, los concursos, los deportes, etc.
Otro aspecto que hay que considerar en el juego de esta edad es que comienza a considerarse como una actividad libre, puesto que el niño puede abandonarla en cualquier momento.  En cierto modo es un lujo, que solo se practica pro el placer que produce.  No obedece ya a una necesidad física o biológica ni a un deber moral. 
Para comprender las características del juego en el niño de 7-8 años es importante contextualizar algunas de las características psicológicas del niño a esta edad.  Los niños poseen ahora la capacidad cognitiva para formar sistemas de representación, es decir, auto conceptos amplios e inclusivos que integran diferentes aspectos del yo.  De acuerdo con Erikson , un determinante fundamental es la visión que tienen los niños de su capacidad para el trabajo productivo.  El punto que debe ser resuelto en la crisis de la niñez intermedia es la suficiencia frente a la inferioridad.  La virtud que se desarrolla con la exitosa solución de esta crisis es la competencia, la visión de si mismo como alguien capaz de dominar las habilidades y realizar las tareas.
Los niños deben aprender habilidades valoradas por su sociedad.  A los 7 u 8 años los niños han internalizado la vergüenza y el orgullo.  Estas emociones, que dependen del conocimiento de las implicaciones de sus acciones y de la clase de socializacion recibid por los niños, afectan su opinión respecto a si mismos.  Los niños también son capaces de expresar emociones conflicitvias.  A medida que crecen, los niños son mas conscientes de sus propios sentimientos y de los de las demás personas. Pueden controlar mejor su expresión emocional en las situaciones sociales y responder a la ansiedad emocional de los otros. 
Un aspecto del crecimiento emocional consiste en el control de las emociones negativas.  Los niños descubren lo que les produce enfado, miedo o tristeza y cómo otras personas reaccionan ante la presión de estas emociones y aprenden a modificar su comportamiento en consecuencia.   Pero, ¿porque los niños contienen sus emociones? Principalmente por autoprotección, para evitar el ridículo o el rechazo. 

 
Características especificas del juego en niños de 11-12 años

Los niños de esta edad hacen sus juegos con entusiasmo, de manera detallada y específica al género, la edad, la cultura, el sexo, etc.  Muchas veces, comienzan a jugar porque están aburridos, por desquite o para obtener una ganancia.  Pueden también hacerlo por espíritu de aventura, en busca de una emoción nueva sugerida por la imaginación o para dominar la suerte mediante el juego de azar.
Así podemos distinguir las siguientes características: la persecución de un fin, la búsqueda de los medios, la planificación, control de los resultados parciales, separación de los obstáculos.
La persecución de un fin consiste en que todo juego, sea físico o mental, se propone lograr un objetivo que puede ser de utilidad material o espiritual, o bien un simple placer ulterior.  Por eso se explica porque un niño puede mantenerse mucho tiempo en un juego social penoso y aburrido solo con pensar y representarse el resultado final del esfuerzo.  La realización de un juego así, implica un estado bastante avanzado del desarrollo de la voluntad.
La búsqueda de los medios consiste en que el niño a la edad de 11-12 años ve el juego como una actividad sistemática, no da libre escape a las energías, sino que se trata de coordinar todos los esfuerzos, de modo que conduzcan a obtener el objeto perseguido. La planificación consiste en que la búsqueda de los elementos no basta para obtener el fin deseado.  Es necesario ordenar esos elementos, los medios, de acuerdo con un plan preestablecido y utilizarlos sucesivamente eliminando los esfuerzos inútiles y que restan el éxito.  La planeación consiste en la ordenación y la utilización conveniente de los medios enfocados al fin propuesto.  Por eso en la elaboración del plan siempre debe tenerse en cuenta el fin deseado.
El control de los resultados parciales comprende que como todo plan se compone de etapas es necesario controlar y verificar los resultados parciales del trabajo, con la representación de la finalidad total que se persigue.  Por eso se deben eliminar todas las actividades parciales que no conducen al fin deseado o que desvían la acción.
La separación de los obstáculos consiste en que cada plan se realiza por etapas sucesivas que son otros tantos pasos que conducen al fin deseado.  Por eso no es posible llegar a la etapa final sin haber vencido las diversas dificultades que implican esos pasos sucesivos.  Por eso, para evitar el fracaso, es preciso efectuar una selección de los amigos, y las personas con quien se va a rodear y así lograr consumar el fin deseado.
Para poder entender el juego de los niños de 11 y 12 años es necesario exponer de manera general las características psicológicas que imperan en esta edad.   
Los once y doce años traen consigo muchos cambios favorables. A los doce años, el niño se vuelve menos insistente, más razonable, más compañero de los suyos.   Pero no debe creerse que exista un contraste demasiado marcado entre los once y los doce años. Gran parte de la conducta de los once años obedece a una lógica evolutiva propia.  A través de un solo proceso del crecimiento, ayudado por el hogar y la escuela, a los doce adquiere una nueva visión de sí mismo  y de sus compañeros ya sean o no se su misma edad. Ahora confía menos en el efecto directo de las presiones y desafíos para llevar su yo a la plenitud. En su lugar procura ganarse la aprobación de los demás. Ya no muestra un egocentrismo tan ingenuo  y es capaz de considerar a sus mayores, e incluso a sí mismo, con cierta  objetividad. Estas mismas cualidades dan cabida a un creciente sentido del humor y a una alegre sociabilidad.
En todas las situaciones sociales a los once y doce años se demuestra una tendencia a ensanchar su conciencia, este es un buen signo de desarrollo psicológico. Se muestra amistoso, expansivo, dispuesto a colaborar y deseoso de agradar, se siente más dispuesto a mostrarse positivo y entusiasta que negativo y reticente, es mucho más ingenuo con respecto a las relaciones sociales. Su sentido del yo le hace tener más en cuenta al yo de los demás y ésta es una de las razones por las cuales se lleva mejor con las personas que tiene más cerca.
Estos patrones de consulta interpersonales son los que mejor tipifican la esencia y promesa de los niños de once y doce años. Sobre todo, afirman reiteradamente que ya no es un chico, o por lo menos, que no desea que lo consideren como tal. Quizá estas protestas provengan de una secreta conciencia de los rasgos parciales de inmadurez que todavía presenta. Se encuentra en las primeras etapas de la adolescencia. El crecimiento a la madurez no es un proceso uniforme y constante. Lejos de ello, es desparejo, particularmente al nivel de los doce años, en que el niño es tan inestable que fluctúa por momentos entre los dos extremos: del espíritu de colaboración adulto a los caprichos infantiles
El grupo desempeña un papel de suma importancia en la configuración de las aptitudes e intereses del niño de doce años. El grupo influye sobre las reacciones de su conciencia particularmente en la esfera en expansión de la vida escolar. Tiende a contemplar los problemas de la conducta desapasionadamente, pero siempre desde el punto de vista del grupo. Su actitud no es ni neutra ni afectada; le gusta ejercitar su inteligencia y mantener bajo control los sentimientos.
Los niños de once y doce años tienen naturalmente gran entusiasmo.  Poseen una aptitud cada vez mayor  para realizar tareas independientes, aunque su fervor por las actividades colectivas sea mucho más notable. Aprovechan cualquier oportunidad, para embarcarse en abiertas discusiones, a los once y doce años le deleita el estímulo del debate y la discusión, su curiosidad espontánea y latente es inconmensurable.  Le gustan los deportes y el juego, principalmente por su práctica en si. Tienen un método de autodefensa que lo pone a resguardo de un entusiasmo y esfuerzo excesivos. Así, su conducta experimenta cierta regresión, adoptando modos de placer y libres de tensión, en ciertas ocasiones se lo ve vagar por la casa sin objeto fijo o desperezarse en una silla, sin nada inmediato entre manos.
A los once y doce años el niño tiene cierta habilidad para descifrar las expresiones emocionales y demuestra cierta tendencia a proyectar su propia conciencia sobre la de los demás.
El niño de once y doce no es un adulto en miniatura. Encierra en sí, modos de pensar, de sentir y de actuar que prefiguran nítidamente en la edad madura. Su nueva visión de las cosas involucra una capacidad de maduración, a la vez descubre las líneas fundamentales de crecimiento mental que se proyectan a futuro.
Durante los diez años siguientes o más ira organizando todos estos rasgos de conducta, en esta edad existe un gran avance en el pensamiento conceptual y en el uso de las ideas, aparecen funciones compensadoras de sus actitudes de raciocinio, tolerancia y humor, se refuerzan el entusiasmo y el celo, la iniciativa y la inteligencia, la empatía y la buena voluntad, el conocimiento y el dominio de sí mismo.
Un niño representativo de los once y doce años presenta la suma de estos rasgos en grado notable. Éstos son diversos pero guardan una mutua interacción, constituyendo una constelación orgánica de una vasta importancia para el ciclo de la adolescencia. La cultura tiene gran influencia sobre los patrones exteriores de conducta pero las tendencias internas proceden del crecimiento innato; emergen de fuerzas instintivas, no con violencia pero si con seguridad. Estos factores hacen que el niño comience a experimentar distintos sentimientos con respecto a su propio ser.
A los once y doce años el niño es más capaz de organizar su energía, si bien expresa este nuevo rasgo bajo formas aparentemente opuestas y extremas; por un lado, una actividad intensa para alcanzar determinada meta y por el otro, un desentendimiento apacible frente a las cosas, una actitud de ocio y vagabundeo.
El entusiasmo es una cualidad característica de los once y doce el cual se refleja en el juego. Entre los hombres se encausa principalmente hacia los deportes.   Las niñas suelen mostrar su interés y deseo de cuidar niños pequeños. Pero por fuerte que sea el entusiasmo despertado por la actividad dada, tanto los varones como las niñas parecen alcanzar pronto un punto de saturación que acaba por desinteresar al niño por la actividad.
La forma en que se produce esta caída parece hallarse íntimamente ligada con el modo en que recobran y acumulan nuevas energías para ulteriores entusiasmos. Algunos niños, tras cumplir una actividad intensa sufren caídas considerables de las cuales no es tan fácil recuperarse. Otros poseen una válvula de seguridad que les permite liberar la tensión en forma más frecuente y gradual. Aquellos que lo toman todo con calma y suelen perder el tiempo sin objeto disponen de un adecuado mecanismo de liberación.
Ya no tiene tanta necesidad de levantarse e investigar lo que ve a su alrededor como a los once años. En su lugar, hace algún comentario o formula pertinentes sobre las cosas que tiene a la vista. Este decrecimiento  de su ímpetu motor esta reducido de la necesidad de ir hacia el objeto que ven sus ojos, nos demuestra el surgimiento de una nueva proyección abstracta que da a sus acciones más alcance y flexibilidad. Actualmente es él quien controla al objeto y no a la inversa, como sucedía antes, se muestra más reflexivo que a los once.
Muchos consideran el juego de ficción como el más típico de todos en esta edad.  Es el juego de pretender situaciones y personajes como si estuvieran presentes.  Fingir, en solitario o en grupo, abre a estos niños un modo nuevo de relacionarse con la realidad, de distorsionarla, de desplegarla y recrearla en base a su imaginación.  Con el desarrollo motor se amplia el campo de acción.  Los psicoanalistas insisten en estas elaboraciones fantásticas para poder mantener la integridad del Yo y dar expresión a los sentimientos inconscientes.    Gran parte de estos juegos de ficción son individuales o llamados también en paralelo, en el que cada jugador desarrolla su propia ficción con esporádicas alusiones al compañero para informarle o pedirle que rectifique aspectos muy generales del mismo.
A los once y doce años el niño ha comenzado a encontrar su Yo, ha esta edad ya se dan las primera muestras de autonomía, competencia y seguridad en si mismo. También ellos advierten la evidencia de un nuevo yo. A los doce años no logra captar plenamente el cambio operado en su interior.
A los once y doce años, el niño se torna reflexivo, adquiere buen carácter y resulta una agradable compañía, tiene una gran capacidad de iniciativa. Todas estas manifestaciones  de conducta hablan de una nueva capacidad del yo, de un yo total en acción. Le interesan las similitudes que guarda con los demás, tanto en su cuerpo como en las experiencias, este sentimiento de similitud puede provenir de su íntima identificación con el grupo, se encuentra menos aislado y es menos único.
Actividades e intereses a los once y doce años los niños desean formar parte del grupo y se hallan gobernado en gran medida por éste, pero también puede entretenerse solo, aunque le gustan las actividades organizadas, también disfruta de las formas en que, al fin de cuentas solo se pierde el tiempo, no sólo pierde el tiempo charlando sino que también dando vueltas por la casa.
Le gusta escuchar lo que dicen los amigos, la variedad y el cambio, se aburre fácilmente. A los niños más deportistas les gusta practicar el deporte, sin embargo los menos amigos de los deportes se pasan largas horas encerrados trabajando activamente en distintas tareas o viendo la televisión.  Tanto niños como niñas tienen una amplia esfera de interés. Algunos siguen juntando toda clase de cosas, a esta edad la tarea de contestar cartas no resulta tan pesada y el interés que despierta una carta del extranjero constituye un estímulo suficiente.


Capitulo III - La influencia del juego en el desarrollo del niño

Encontramos diferentes posturas acerca del desarrollo en la infancia.  Aquí abordaremos algunas de las más relevantes que nos ayudaran a comprender como el niño por medio del juego va desarrollándose y va construyendo una individualidad hasta convertirse en un sujeto con mayores posibilidades para crear vínculos sociales de mayor autonomía.

Influencia del juego en la creación de la identidad infantil

La identidad naciente mediada por la adquisición de las connotaciones culturales surge del  producto del establecimiento entre las etapas de la infancia del “yo” corporal del niño y las imágenes de los padres.  De la misma forma sucede en la etapa de la temprana juventud en la que se ponen de manifiesto un gran número de papeles sociales y se vuelven accesibles de forma imperativa.
Los niños repiten distintas acciones por puro placer del funcionamiento y por la necesidad de dominar y perfeccionar esta función iniciada que lo sitúa en una nueva posición dentro de su sociedad sea cual sea su espacio y tiempo.  Esto genera en el niño una auto estimación que puede llegar a convertirse en la convicción de que uno esta aprendiendo pasos eficaces hacia un futuro definido por la realidad social.    Es importante resaltar que el niño logra una estima adecuada solo cuando es reconocido de por sus logros reales que tienen significado en la cultura y la sociedad especifica donde se desenvuelve.  El mundo del niño es culturalmente coherente siempre y cuando logre adaptarse a este. 
Erikson   nos dice que parte del origen de las neurosis contemporáneas, surgen como producto de la represión de deseos inconscientes del niño y sus esfuerzos frustrados por adaptarse al presente heterogéneo con los conceptos de un pasado más homogéneo.  Es en esta falta de coordinación cuando se sugiere el juego como mediador del mundo interno “pequeño” y la enorme realidad que le separa.
Vigotsky afirma que  desarrollo del ser humano implica socialización, el contacto social transforma el razonamiento, ya que este se ve influenciado por los valores culturales y normas colectivas que conforman una sociedad, sin este intercambio exterior, el individuo no lograría agrupar todas sus habilidades en un todo. El sujeto logra un equilibrio de la vida social coordinando sus operaciones interiores con las operaciones efectuadas por los individuos externos actuando según las demandas de la sociedad en que vive. 
Afirma que  desarrollo del ser humano implica socialización, el contacto social transforma el razonamiento, ya que este se ve influenciado por los valores culturales y normas colectivas que conforman una sociedad, sin este intercambio exterior, el individuo no lograría agrupar todas sus habilidades en un todo. El sujeto logra un equilibrio de la vida social coordinando sus operaciones interiores con las operaciones efectuadas por los individuos externos actuando según las demandas de la sociedad en que vive, de la misma manera que ocurre en el espacio de juego en el niño.
Winnicott señala que el juego proporciona una organización para iniciar relaciones emocionales y permite así que se desarrollen contactos sociales.  El juego, el uso de las formas artísticas y la práctica religiosa, tienden de maneras diversas, pero relacionadas, a la unificación y la integración de la personalidad, en el juego el niño relaciona las ideas con la función corporal, el juego es la prueba continua de la capacidad creadora.  El juego es la fuente que genera placer en el niño, ya este actúa como liberador de las pulsiones internas del niño que le causan angustia.
El niño y el adolescente en crecimiento revelan su individualidad por la forma característica en que avanzan de una etapa a otra del proceso de maduración. El crecimiento es el proceso de formación de patrones por el cual se lleva a cabo progresivamente la mutua adecuación entre organismo y medio.
El margen de las diferencias individuales es tan amplio como la humanidad misma. Durante la infancia muchas de estas diferencias son sutiles y fáciles confundir. Durante la infancia son tantas y tan evidentes, que es muy difícil tratar de describirla, sin embargo, podemos observar la forma en que el niño abre y desarrolla su individualidad a medida que avanza de una etapa a otra del proceso de maduración desde el punto de vista de las características evolutivas.
El individuo en desarrollo tiende a aproximarse a ese patrón sucesivo, pero también tiende a alejarse del mismo, a poner de relieve sus características individuales de ritmo y estilo de desarrollo, aun en las manifestaciones más típicas de la conducta. El plan general adquiere su mayor significado cuando se deja margen para las variantes individuales, cuando se contraponen a los factores cronológicos los de la individualidad.
La constitución de la identidad en el niño es la configuración del individuo, tal como se halla determinada por la dotación congénita, por su carrera evolutiva y por la influencia que ejercen su contexto familiar y escolar en él.  Puesto que el organismo es unitario e indivisible, el concepto de constitución se aplica por igual a las características psíquicas y somáticas. Los factores constitucionales se ponen de manifiesto tanto en las fases prenatales como en las postnatales del desarrollo del individuo.
Este adquiere su individualidad del mismo modo que adquiere su mente y su cuerpo, es decir, a través de los procesos organizadores del crecimiento.  En un ser cobran forma los rasgos mentales físicos transmitidos por sus antecesores. Gran parte de estos rasgos son indefinidos pero otros evidencian un sorprendente parecido de familia. El individuo adquiere este patrimonio combinado de la especie y la familia a través de una cantidad de procesos innatos de crecimiento que conocemos con el nombre de maduración. Mediante el aprendizaje y la experiencia, el individuo se adapta a su medio cultural a través de un proceso de aculturación. Esto es similar a la función del juego pues ambos procesos se influyen recíprocamente, entremezclándose.
El desarrollo en el niño a través del juego, es un concepto unificador que resuelve los dualismos de herencia y medio. Los factores ambientales sustentan, inciden y modifican, pero no generan la progresión básica: lactante, niño, adolescente.
El ritmo general y el tiempo específico del ciclo de las etapas varían de un individuo a otro. El ritmo puede ser lento o acelerado; el progreso puede ser constante o irregular, con arranques bruscos y largas detenciones; el avance  puede ser o no parejo en los grandes campos de conducta. Los factores constitucionales son de alcance universal pero nunca estáticos; en efecto, a medida que la experiencia es asimilada por el individuo y se convierte en parte del mismo, pasa a integrar su sistema de acción constitucional.

Psicogenética de Piaget y su relación con el desarrollo del niño

Encontramos que diversos autores a lo largo del tiempo nos hablan de la infancia y nos dan una categorización de las etapas por las que pasa todo ser humano en su proceso de desarrollo, desde diferentes concepciones y corrientes teóricas hasta los distintos enfoques epistémicos, sistémicos e históricos.  El pensamiento de Piaget y su génesis del conocimiento en la llamada epistemología genética que consiste en estudiar el problema del origen del conocimiento a partir de la relación entre sujeto y objeto.  El juego tiene una relación directa con el  desarrollo del pensamiento en el niño pues ambas nos muestran la manera en la que el niño va construyendo tanto redes neuronales como redes sociales.   Para Piaget el hombre es el producto de la interacción entre la herencia y el medio ambiente.  La lo innato, la maduración son aspectos definidos entre los elementos de conducta producto de la herencia mientras que lo adquirido, la experiencia son producto de la adquisición del medio.
Definamos ahora algunos conceptos básicos como evolución, que consiste en los cambios genéticos tendientes a la perfección; la maduración que consiste en el enlazamiento del sistema nervioso central para mejorar las funciones por medio del crecimiento neuronal, el crecimiento de las dendritas y la mielinzación del cerebro; el crecimiento que consiste en el aumento de peso, talla y volumen en diferentes tejidos como el neuronal, general, genital y linfático; y el desarrollo que es un proceso en orden determinado, secuencial que recapitula la evolución, como complejidad en la conducta humana e implica un continuum.
Así, el autor nos dice que la maduración del sujeto se da por tres factores:  por medio del ejercicio funcional, mediante la experiencia material o la interacción social y por medio del desarrollo del sistema nervioso central que abre la posibilidad de desarrollo pero que se actualiza por medio de las experiencias físicas y las condiciones sociales.  El juego, tiene aquí una función importantísima pues le brinda al niño un espacio donde pueda madurar.
Piaget nos marca que existen seis estadios del desarrollo intelectual y por tanto en el desarrollo de las capacidades del juego en el niño pues los niños de 11-12 años van cambiando sus modos de juego a ser más intelectuales que afectivos o motrices.  Los móviles generales de la conducta y el pensamiento son que toda acción responde a una necesidad, que la esta necesidad es la manifestación de un desequilibrio y que el fin de la acción se da cuando se satisface esta necesidad.
La necesidad es tanto de asimilación como de acomodación.  El asimilar es incorporar lo exterior a lo interior del sujeto y el acomodar consiste en organizar las estructuras internas en base a los objetos externos.  Observamos aquí una relación dialéctica. 
De los seis estadios que marca Piaget para el desarrollo intelectual infantil y el proceso de socialización del infante describiremos únicamente aquellos que corresponden a la edad de nuestros sujetos de estudio.  Los primero cuatro estadios se consideran como el periodo de la inteligencia sensorio motriz, lo mas fundamental en este periodo es el paso de una falta de diferenciación entre el yo y el mundo hacia una relativa diferenciación entre estos.  Van de los 0 años a los siete años.  
En el quinto estadio, Piaget nos marca que el niño va transformando progresivamente sus capacidades de pensamiento y entra al estadio de las operaciones intelectuales concretas.  Esta etapa va de los 7 a los 12 años e implica el comienzo de la escolaridad.  En el surgen la lógica y los sentimientos morales y sociales de cooperación.  El niño tiene una cierta capacidad de cooperación donde ya es capaz de distinguir su punto de vista del punto de vista de los demás.  A partir de los 7 años los niños que practican juegos fijan sus reglas y se controlan mutuamente, se somete a una ley única y el ganar implica una colectividad para alcanzar el éxito en una competencia reglamentada donde obtienen reconocimiento de la victoria.  
El pensamiento se vuelve lógico en el niño a partir de la organización de sistemas de operación que obedecen a leyes de conjuntos comunes como: composición, reversibilidad, identidad, asociatividad.  El niño se empieza a liberar de su egocentrismo intelectual y se permite construir nuevas coordinaciones.  La voluntad juega un papel importante en esta etapa, la voluntad no es la energía en si misma al servicio de una tendencia sino que es la regulación de la energía para favorecer ciertas tendencias a expensas de otras.    El sentimiento nuevo que aparece es el de respeto mutuo y desencadena la descentralización del propio yo.  Este respeto mutuo engendra nuevos sentimientos morales porque excluye la obediencia exterior inicial, además surge el sentimiento de justicia a causa de la cooperación entre niños.  Surge la moral autonómica, superior a la moral por sumisión.   En la vida social surge la cooperación y la discusión.
Todo lo anterior es fundamentar para que el niño desarrolle las capacidades de operación intelectuales abstractas que según la teoría de Piaget da paso al sexto estadio, llamado el de las operaciones intelectuales abstractas, que va de los 12 a la adolescencia.  Surge la reflexión libre desligada de la realidad hacia el pensamiento formal o hipotético-deductivo por medio de ideas generales y construcciones abstractas.  Las condiciones para la construcción del pensamiento formal son la reflexión de operaciones independientes de los objetos mediante proposiciones que reemplazan a los objetos y una lógica de proposiciones que conllevan a la concatenación lógica de los elementos y la integración de un pensamiento hipotético-deductivo. 
Este pensamiento, libre de reflexión, eventualmente encuentra un apego con la realidad y se logra adaptar a ella en la medida del desarrollo del individuo.  El egocentrismo metafísico es la manifestación de creer que la reflexión es todopoderosa y el mundo tiene que someterse a los sistemas.  La vida afectiva esta marcada por la conquista de la personalidad y por la inserción en la sociedad adulta.  La personalidad implica un programa de vida destinado a poder integrarse en un programa de cooperación con los demás.  En el proceso de adaptación del adolescente a la vida adulta se pasa por dos fases.  En la primera el adolescente parece antisocial porque condena la sociedad actual y quiere reformarla y en la segunda fase pasa de reformador a realizador por medio de una actividad concreta.  El trabajo profesional le hace enfrentarse con la realidad concreta y adaptarse a ella.
La ausencia de cooperación entre jugadores llevo a Piaget a definir el juego simbólico como egocéntrico, centrado en los propios interese y deseos.  Una aportación fundamental de este tipo de juegos es descubrir que los objetos no sirven solo para aquello que fueron hechos, sino que pueden utilizarse para otras actividades mas interesantes.  Un simple palo se transforma en caballo, en espado o en puerta de una casa imaginaria.
Podemos mencionar que del pensamiento de Piaget se derivaron algunos aspectos para la aplicación pedagógica de la psicología cognoscitiva y consisten en: la actividad del sujeto como activa en la acción pedagógica, donde el alumno se forma y el maestro lo informa.  Es un proceso de creación del conocimiento del alumno; el aprendizaje del conocimiento que implica un cambio e integración de estructuras, ir de una estructura menos y menos abarcativa a una mayor y de mayores posibilidades y alcances; el aprendizaje nuevo esta condicionado por la congruencia entre los estímulos externos y las estructuras existentes. 
Entre estos dos externos surge la posibilidad de presentar lo nuevo de tal modo que el niño pueda modificarlo a su estructura interior previamente formada; el principio de la discrepancia optima regula la facilitación del aprendizaje, esto implica la discrepancia entre un contenido y la estructura mental y finalmente existe en el niño y el adulto una tendencia a aprender o nuevo, donde la noción de equilibrio-equilibración implica el devenir de un estado en proceso cambio y transformación.  Un proceso dinámico del desarrollo intelectual del niño.

La búsqueda de la autonomía del niño y las etapas del desarrollo psicosexual de Erikson

Dado lo expuesto anteriormente consideramos que es importante conocer la etapa en la que se encuentran nuestros sujetos de estudio, pues de esta manera podemos comprender con mayor profundidad la psicología infantil y comprender de manera mas clara los intereses, angustias y deseos que tienen los niños de 7-8 años y los niños de 11-12 años cuando juegan.  La autonomía no se conquista  en un momento dado sino que es un proceso que requiere una secuencia de pasos que van dando origen a lo que Erikson llama la resolución de crisis psicosociales.
Erikson postula una teoría epigenetica y nos dice que el desarrollo psicosocial del individuo se puede estudiar en ocho etapas que se dividen por edades y características específicas.   Por motivo de la investigación solo abordaremos la quinta y la sexta etapa, que corresponden a las edades entre los 7 y los 12 años y los 12 a 18 años.  Aunque nuestros sujetos de estudio son niños que no encajan exactamente con esta división de Erikson, consideramos pertinente marcar la diferencia de visiones, sueños y realidades que el ser humano en esta etapa vive.
Cada fase tiene un tiempo óptimo. Es inútil empujar demasiado rápido a un niño a la adultez, cosa muy común entre personas obsesionadas con el éxito. No es posible bajar el ritmo o intentar proteger a nuestros niños de las demandas de la vida. Existe un tiempo para cada función.
Si pasamos bien por un estadio, llevamos con nosotros ciertas virtudes o fuerzas psicosociales que nos ayudarán en el resto de los estadios de nuestra vida. Por el contrario, si no nos va tan bien, podremos desarrollar mal-adaptaciones o malignidades, así como poner en peligro nuestro desarrollo faltante. De las dos, la malignidad es la peor, ya que comprende mucho de los aspectos negativos de la tarea o función y muy poco de los aspectos positivos de la misma, tal y como presentan las personas desconfiadas. La mal adaptación no es tan mala y comprende más aspectos positivos que negativos de la tarea, como las personas que confían demasiado.
A manera de resumen, Erikson nos dice que en el cuarto estadio, que comprende de los 7 a los 12 años,  las crisis psicosociales se dan en una lucha entre la laboriosidad contra la inferioridad; las relaciones significativas son de vecindario y escuela; las modalidades psicosociales comprende el completar y el hacer cosas junto con otras personas; la virtud psicosocial es la competencia y las mal adaptaciones y malignidades son la virtuosidad, la unilateralidad y la inercia.
Esta etapa corresponde a la de latencia, o aquella comprendida en la edad del niño escolar. La tarea principal es desarrollar una capacidad de laboriosidad al tiempo que se evita un sentimiento excesivo de inferioridad. Los niños deben “domesticar su imaginación” y dedicarse a la educación y a aprender las habilidades necesarias para cumplir las exigencias de la sociedad.
Aquí entra en juego una esfera mucho más social: los padres, así como otros miembros de la familia y compañeros se unen a los profesores y otros miembros de la comunidad. Todos ellos contribuyen; los padres deben animar, los maestros deben cuidar; los compañeros deben aceptar. Los niños deben aprender que no solamente existe placer en concebir un plan, sino también en llevarlo a cabo. Deben aprender lo que es el sentimiento del éxito, ya sea en el patio o el aula; ya sea académicamente o socialmente.
Una buena forma de percibir las diferencias entre un niño en el tercer estadio y otro del cuarto es sentarse a ver cómo juegan. Los niños de cuatro años pueden querer jugar, pero solo tienen conocimientos vagos de las reglas e incluso las cambian varias veces a todo lo largo del juego escogido. No soportan que se termine el juego, como no sea tirándoles las piezas a su oponente. Un niño de siete años, sin embargo, está dedicado a las reglas, las consideran algo mucho más sagrado e incluso puede enfadarse si no se permite que el juego llegue a una conclusión estipulada.
Si el niño no logra mucho éxito, debido a maestros muy rígidos o a compañeros muy negadores, por ejemplo, desarrollará entonces un sentimiento de inferioridad o incompetencia. Una fuente adicional de inferioridad, en palabras de Erikson, la constituye el racismo, sexismo y cualquier otra forma de discriminación. Si un niño cree que el éxito se logra en virtud de quién es en vez de cuán fuerte puede trabajar.
Una actitud demasiado laboriosa puede llevar a la tendencia maladaptativa de virtuosidad dirigida. Esta conducta la vemos en niños a los que no se les permite “ser niños”; aquellos cuyos padres o profesores empujan en un área de competencia, sin permitir el desarrollo de intereses más amplios. Estos son los niños sin vida infantil: niños actores, niños atletas, niños músicos, niños prodigio en definitiva. Todos nosotros admiramos su laboriosidad, pero si nos acercamos más, todo ello se sustenta en una vida vacía.
Sin embargo, la malignidad más común es la llamada inercia. Esto incluye a todos aquellos de nosotros que poseemos un “complejo de inferioridad”. Si a la primera no logramos el éxito, pensamos  que no debemos volver a intentarlo.  A muchos niños que no les a ido bien en matemáticas, prefieren no asistir a otra clase de matemáticas. Otros fueron humillados en el gimnasio, entonces nunca harán ningún deporte. Otros nunca desarrollaron habilidades sociales (la más importante de todas), entonces nunca saldrán a la vida pública.
Lo ideal para el niño, sería desarrollar un equilibrio entre la laboriosidad y la inferioridad; esto es, ser principalmente laboriosos con un cierto toque de inferioridad que nos mantenga sensiblemente humildes. Entonces tendremos la virtud llamada competencia.  Toda esta exposición nos obliga a pensar en el niño cuando continua avanzando en su desarrollo.  El juego tiene un lugar predominante porque, como ya lo mencionamos,  el niño nunca deja de jugar sino que cambia las características del juego para vivir el  espacio de juego más con la mente que con los sentimientos y la motricidad espontánea.
En el quinto estadio Erikson nos dice que la crisis psicosocial es de identidad yoica contra la confusión de roles, comprende de los 12 años hasta los 18.  Además encontramos en este estadio que las relaciones significativas son de grupos y modelos de roles; las modalidades psicosociales es la de ser uno mismo, la de compartirse a si mismo; las virtudes psicosociales son de fidelidad y lealtad; las maladaptaciones y malignidades son el fanatismo y el repudio.
La tarea primordial es lograr la identidad del Yo y evitar la confusión de roles. Esta fue la etapa que más interesó a Erikson y los patrones observados en los chicos de esta edad constituyeron las bases a partir de la cuales el autor desarrollaría todas las otras etapas.  La identidad yoica significa saber quiénes somos y cómo encajamos en el resto de la sociedad. Exige que tomemos todo lo que hemos aprendido acerca de la vida y de nosotros mismos y lo moldeemos en una auto imagen unificada, una que nuestra comunidad estime como significativa.
Hay cosas que hacen más fácil estas cuestiones. Primero, debemos poseer una corriente cultural adulta que sea válida para el adolescente, con buenos modelos de roles adultos y líneas abiertas de comunicación.  Además, la sociedad debe proveer también unos ritos de paso definidos; o lo que es lo mismo, ciertas tareas y rituales que ayuden a distinguir al adulto del niño. En las culturas tradicionales y primitivas, se le insta al adolescente a abandonar el poblado por un periodo de tiempo determinado con el objeto de sobrevivir por sí mismo, cazar algún animal simbólico o buscar una visión inspiradora. Tanto los chicos como las chicas deberán pasar por una serie de pruebas de resistencia, de ceremonias simbólicas o de eventos educativos. De una forma o de otra, la diferencia entre ese periodo de falta de poder, de irresponsabilidad de la infancia y ese otro de responsabilidad propio del adulto se establece de forma clara.
Sin estos límites, nos embarcamos en una confusión de roles, lo que significa que no sabremos cuál es nuestro lugar en la sociedad y en el mundo. Erikson dice que cuando un adolescente pasa por una confusión de roles, está sufriendo una crisis de identidad. De hecho, una pregunta muy común de los adolescentes en nuestra sociedad es “¿Quién soy?”.
Una de las sugerencias que Erikson plantea para la adolescencia en nuestra sociedad es la una moratoria psicosocial.   Existe un problema cuando tenemos demasiado “identidad yoica”. Cuando una persona está tan comprometida con un rol particular de la sociedad o de una subcultura, no queda espacio suficiente para la tolerancia. Erikson llama a esta tendencia mal-adaptativa fanatismo. Un fanático cree que su forma es la única que existe. Por descontado está que los adolescentes son conocidos por su idealismo y por su tendencia a ver las cosas en blanco o negro. Éstos envuelven a otros alrededor de ellos, promocionando sus estilos de vida y creencias sin importarles el derecho de los demás a estar en desacuerdo.
La falta de identidad es bastante más problemática, y Erikson se refiere a esta tendencia maligna como repudio. Estas personas repudian su membresía en el mundo adulto e incluso repudian su necesidad de una identidad. Algunos adolescentes se permiten a sí mismos la “fusión” con un grupo, especialmente aquel que le pueda dar ciertos rasgos de identidad: sectas religiosas, organizaciones militaristas, grupos amenazadores; en definitiva, grupos que se han separado de las corrientes dolorosas de la sociedad. Pueden embarcarse en actividades destructivas como la ingesta de drogas, alcohol o incluso adentrarse seriamente en sus propias fantasías psicóticas. Después de todo, ser “malo” o ser “nadie” es mejor que no saber quién soy.
Los niños a la edad de 11-12 años tienen una necesidad de crear grupos especializados de amigos, núcleos de identidad donde puedan establecer vínculos de fidelidad.  Esto se expone como otra característica del juego cuando vimos que el juego en esta edad busca con mayor predominio satisfacer las necesidades de un grupo para poder pertenecer a el. 
Si logramos negociar con éxito esta etapa, tendremos la virtud que Erikson llama fidelidad. La fidelidad implica lealtad, o la habilidad para vivir de acuerdo con los estándares de la sociedad a pesar de sus imperfecciones, faltas e inconsistencias. No estamos hablando de una lealtad ciega, así como tampoco de aceptar sus imperfecciones. Después de todo, si amamos nuestra comunidad, queremos que sea la mejor posible. Realmente, la fidelidad de la que hablamos se establece cuando hemos hallado un lugar para nosotros dentro de ésta, un lugar que nos permitirá contribuir a su estabilidad y desarrollo.


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