domingo, 21 de junio de 2015

¿Culpa de ser tú?




Sólo es posible construir con la vibración del corazón.

¿Culpa de ser tú?
Tema recurrente en terapia: la culpa. Por si hago, por si no hago; por si soy egoísta, por si doy demasiado; por si fui esto o aquello; por si tengo, por si no tengo… por cualquier cosa… el ego siempre se las ingenia para encontrar motivos.
Nace en nuestra infancia, cuando nos manipulan/amenazan con dejar de amarnos, de reconocernos, de apoyarnos, de estar, porque no somos como nuestros padres quieren que seamos. Revoltosos, gritones, llorones, sensibles, agresivos, encerrados, salidores, lectores, volados, contestadores: podemos ser de muchas formas, pero si no se adecúan a lo que ellos esperan, nos tratan de formar a su imagen y semejanza o a lo que ellos piensan que es lo mejor para nosotros. 
La manipulación puede darse explícitamente (“no te voy a querer más si haces esto”, “me lastima que seas así”, “está mal que pienses de esta forma”, “no eres capaz de hacerlo”) o implícitamente (silencios, gestos represores, falta de cariño, no hablar de determinados temas). El hecho es que nos queda una sensación interna de que somos inadecuados, insuficientes, malos, erróneos, feos, anormales, etc. 
Podemos responder siendo adaptados o rebeldes. Los primeros ceden y se transforman en niños buenos, siguen las reglas, se conforman al sistema. Los segundos  continúan reclamando aceptación a través de conductas agresivas, de hacer lo contrario a lo que se espera de ellos, llevando sus exigencias a la sociedad a través de luchas por distintas cosas. En la base, ambos son dos caras de la misma moneda. Cambia la actitud, pero siguen sintiéndose incompletos, necesitados, incorrectos. 
De esta falta de aceptación de uno mismo nacen los “debería”, los “tengo que”, que martirizan con sus exigencias y perfeccionismos. Lo que está en el fondo es “si fuera de tal forma, entonces tendría...”. Nos llenamos de pequeños y grandes programas para lograr metas exteriores, para adaptarnos y manipular como hicieron con nosotros, para tapar el vacío y lo que consideramos malo, para cambiarnos por lo que parece ser el modelo social de éxito. Es la fórmula de la desdicha y la frustración, porque sólo podemos ser felices siendo quienes somos y no otros. 
Como es imposible dejar de ser uno, aparece la culpa y ésta exige castigo. ¡Y somos muy ingeniosos en castigarnos! Y crueles, porque buscamos nuestros lugares más preciados y sensibles. Y porque lo hacemos eterno: no bastan unos años, es cadena perpetua. Cada nueva caída clama otra sentencia y así andamos, dejando en la cárcel a nuestros Niños Internos, privados de amor y apoyo.
¿Cómo lo liberas? Reconociéndolo y aceptándolo así como es: un niño maravilloso, original, precioso, lleno de dones y cualidades, inocente, alegre, entusiasta, deseoso de jugar en el mundo a sus anchas, ilimitado. Perdonando a tus padres (porque forman parte de la cadena de culpabilidad e inconciencia de la humanidad; porque hicieron lo que podían o creían mejor o lo que repitieron con ellos; porque tú los elegiste para acabar con el asunto,) y a ti mismo, por sobre todo. 
La conciencia es el antídoto. A tu Ego le falta todo. A tu Ser no le falta nada, es completo. Cuando comprendes, rompes el hechizo y encuentras la paz de ser tú mismo. Transfórmate en los Padres amorosos y contenedores que tu Niño necesita. Así se rompe el círculo vicioso. Llévalo de aliado en tus juegos. Deja de ser ese ser abrumado, exigido, pesado por la carga de la culpa y entiende que viniste a jugar en un mundo amable. Dale cariño, apoyo, contención, halagos. Rían juntos, iluminando el mundo.
Autora: Laura Foletto
Sitio Web: www.abrazarlavida.com.ar

jueves, 23 de abril de 2015

Entrevista a Carl Honoré: “El tiempo de ser niño”

https://cambiemoslaeducacion.wordpress.com/2015/04/22/entrevista-a-carl-honore-el-tiempo-de-ser-nino/

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“Criar un hijo debería ser un viaje, tomar su mano y decir: vamos a descubrir quién eres tú, con todo el misterio, la incertidumbre, la alegría y las lágrimas”, dice Carl Honoré. Para avanzar en esta dirección, se necesita reducir la velocidad y propiciar momentos de silencio, que inviten a mirar dentro y buscar los propios recursos. Y la escuela deberá abrir puertas y enseñar a los niños a amar el aprendizaje, a hacer preguntas para que cada uno encuentre su camino. Así, el paso de la infancia a la edad adulta será un tránsito más fluido.
¿Cómo valora la evolución de la infancia en las últimas décadas?
Para mí el rasgo más significativo es el control del adulto de los más mínimos detalles en la vida del niño. Nuestra sociedad oscila entre hacer demasiado y hacer poco. Por un lado, los cuidamos y protegemos con una energía sobrehumana, preparamos su futuro, creamos una imagen perfecta de lo que debe ser un “niño perfecto”, un “super-niño”. Por otro, no somos capaces de imponer disciplina. Los padres, en particular, hemos perdido la capacidad de decir no. Pasamos mucho tiempo educando a nuestros hijos, enseñándoles cosas, llevándolos en coche de una actividad a otra, del fútbol al tenis o a piano, pero no el suficiente estando, simplemente estando, con ellos, escuchándolos, jugando, charlando. Hay algo claustrofóbico e intensamente paranoico en las relaciones con los hijos.
 ¿Cuáles son las causas de esta situación?
Han confluido en ella un conjunto de tendencias históricas. Una de ellas es la globalización de la economía. El mercado de trabajo es ahora más inestable. Antes los empleados eran para toda la vida, salías de la universidad y te colocabas inmediatamente. La incertidumbre genera mucha ansiedad y esto se manifiesta en un impulso por equipar a los niños para el futuro, que resulta excesivo. La incertidumbre y la ansiedad están en los discursos políticos, en las conversaciones de los padres, en las escuelas. Y la cuestión es cómo equipar a los hijos y con qué. La segunda tendencia es la cultura del consumismo, que ya existía en el siglo XX, pero que ha alcanzado su apoteosis en los últimos años, infectando todos los rincones de nuestra cultura y colonizando nuestras vidas. El consumismo aumenta las expectativas, nos impulsa a quererlo todo perfecto. Queremos dientes perfectos, cuerpos perfectos, una cocina perfecta, perfectas vacaciones y también un hijo perfecto que encaje en la familia perfecta. No es suficiente que un niño juege dando patadas a un balón. Tiene que estar en un equipo y si es posible en la liga. Es todo o nada.
Luego están los cambios demográficos…
Sí, las familias de hoy son las más pequeñas de la historia. Nos casamos a edad avanzada y las mujeres son madres, por primera vez, a los 39. Todo esto genera ansiedad y preocupación. El simple hecho de tener un hijo se convierte en algo muy importante, un enorme esfuerzo, una gran inversión de tiempo y dinero. Con un único hijo, te lo juegas todo a una carta. Nunca tienes la experiencia de lo diferentes que son los niños ni de lo limitada que puede ser tu influencia sobre ellos. Para moldearlos, les aplicamos la cultura del management y los resultados son que nos profesionalizamos como padres y perdemos el contacto con nuestro instinto natural. Hay mucho miedo y mucha presión del entorno para que lo hagamos muy bien, leamos muchos libros, compremos juguetes muy caros, con mucha tecnología y los llevemos a actividades con expertos, cuando, por el contrario, la ciencia nos dice que el juego, el juego espontáneo, es lo más apropiado para desarrollar el cerebro infantil.
 ¿Diría que hay sólo una forma de ser niño o varias?
La globalización nos promete aumentar nuestras posibilidades de elección, pero en realidad las está restringiendo. Hoy puedes dormir en el mismo hotel en Barcelona, Londres, Berlín o Tokio. La gente sigue la misma moda en Corea del Sur y en Andalucía, escuchan música en idénticos Ipod. Y lo mismo ocurre con la infancia, hemos creado un ideal estándar del niño perfecto: muy organizado, muy ocupado, siempre haciendo cosas controladas y supervidadas por adultos. Por eso escribí Bajo presión: quería poner en cuestión la idea de un niño único. Crecer no tiene por qué ser una carrera; algunos leerán más pronto, otros serán muy buenos jugando al fútbol y luego perderán interes por este deporte. Cada persona tiene su propio ritmo. La vida moderna impone a todos un ritmo muy rápido y no acepta el error ni el fracaso. Esto crea una atmósfera de ansiedad y miedo que no es saludable. La infancia es un espejo, refleja lo bueno y lo malo de cada sociedad.
Ese niño estandarizado, ¿no parece más bien un adulto?
Es verdad, en cierto sentido los niños se han “adultizado”, pero en otro están más infantilizados. Digamos que se va en las dos direcciones. Por un lado, les presionamos para que sean adultos cada vez más pronto: surfean en google y ven pornografía a los siete años, tienen agendas muy apretadas. Por otro, les infantilizamos, tememos lo que pueda ocurrirles, no les dejamos asumir riesgos, ni salir a la calle o ir solos ala escuela ¡hasta los 29¡ Los mantenemos en una burbuja. La infancia se ha vuelto demasiado valiosa para dejársela a los niños; queremos controlar, medir, mejorar. La infantilización y el management son dos aspectos de lo mismo. Antes de la aparición de la escuela, los niños eran muy adultos. La infancia es un constructo moderno, un producto de nuestra cultura.
 Que no existe en otras partes del mundo…
Efectivamente, los niños de la calle en Brasil o India llevan vidas de adultos, aunque también son niños. Necesitan satisfacer necesidades básicas de alimentación, salud, hogar, educación. ¿Debemos exportar nuestro modelo de niño occidental? La respuesta es no, porque no funciona. De mi experiencia en Sudamérica, recuerdo que tienen una chispa increíble y una sorprendente capacidad para jugar, reír, ser independientes y crear; son muy inteligentes, muy capaces de sobrevivir. Tienen mucho que enseñarnos. Disponen de tiempo para vagar por las calles pero, claro, deberían ir a la escuela. Sin embargo, hay cosas positivas en esa libertad. Hemos creado dos tipos de niños: unos están excesivamente controlados, sobreprotegidos y consentidos, y otros no tienen ningún control, ninguna protección y no reciben ningún mimo. Deberíamos equilibrar la situación, dar más espacio y tiempo a los niños occidentales y más alimentación, salud y escuela a los del tercer mundo, respetando su libertad.
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Cuáles son las consecuencias de este modelo de infancia?
Las estamos viendo. Los maestros se quejan de niños “problemáticos”, que son incapaces de resolver los conflictos porque nunca han podido juntarse con cuatro o cinco amigos sin que un adulto dirija y controle su juego. Así que no han desarrollado esa habilidad. En los campus universitarios, jóvenes a quienes nunca les han permitido asumir sus responsabilidades se sienten incapaces de enfrentarse a todo. Los móviles se han convertido en el cordón umbilical más largo de la historia y los padres continúan dirigiendo a sus hijos, incluso para elegir un empleo. Si el objetivo de la paternidad es ayudar a los hijos a ser autónomos, estamos fracasando. Y sin embargo, la economía necesita personas capaces de pensar libremente, de asumir riesgos y desafíos, de emprender. ¿Cuál es el beneficio de criar una generación que sólo sabe seguir las reglas y entrar en el molde, en lugar de pensar fuera de él?
 Una generación que no ha vivido su infancia plenamente…
Que ha perdido la alegría de ser niño. Nos estamos privando de ese sonido mágico que es la risa de los niños. Esa increible capacidad infantil para jugar y sumergirse en un mundo inventado: “ver el mundo en un grano de arena y sostener el infinito en la palma de tu mano”, como decía William Blake. Hace poco ví una viñeta estupenda en el New Yorker magazine. Una pareja contempla a su hijo recién nacido, y uno de ellos dice: “¡Oh mira, va a ser abogado¡”. Es sólo un bebé, pero ya lo ven como un proyecto. Criar a un hijo debería ser un viaje, cogerlo de la mano y decir: “vamos a descu quién eres”, con todo el misterio, la incertidumbre, la alegría y las lágrimas. Pero si decides que tu hijo irá a Oxford, será abogado y trabajará en el City Bank, ¿dónde está la magia? Tal vez él quiera ser músico, arquitecto o periodista. En España, una cifra record de universitarios abandonan en el primer año de carrera. Quizás, por primera vez en su vida, pueden plantearse: “¿quién soy yo y qué hago en empresariales?” Y descubren que quieren ser enfermeras o fotógrafas.
¿Construirse uno mismo no es una característica de la edad adulta?
Los conceptos de infancia y adultez deberían ser más fluidos. La definición básica del adulto es la de alguien que dirige su vida. Con los niños hay un límite porque no tienen las mismas capacidades a los dos años que a los quince. Pero gradualmente, al ritmo adecuado para cada persona, los padres deberían ceder el contro, darles la responsabilidad de tomar sus propias decisiones.
 ¿Cómo sería una infancia “lenta”?
Es una especie de equilibrio. No estoy abogando, en absoluto, por el laissez faire. Los niños necesitan estímulo, presión, competición, estructura. Pero sólo de vez en cuando, no siempre. También necesitan espacio para explorar el mundo a su manera, a su ritmo, para crear, inventar, incluso para aburrirse. Hoy nos aterroriza el aburrimiento. Vivimos en una “cultura del hacer” que no contempla la posibilidad de ir despacio, de parar, incluso de no hacer nada. Estamos continuamente ocupados, corriendo en pleno ruido electrónico. Nadie disfruta de unos momentos de silencio. Esto crea una presión artificial, innecesaria. Se necesita tiempo para mirar hacia dentro, a tus propios recursos, para atravesar el aburrimiento y crear. También los adultos necesitamos relajarnos, repensar nuestra relación con el tiempo. Cuando reducimos la velocidad, somos capaces de sentir con mayor claridad. Y si sientes más, piensas y te angustias menos.
¿Qué hace usted cuando tiene prisa?
Antes solía ir siempre corriendo y mirando el rejoj. Ahora aún hago muchas cosas deprisa, pero ya no me estreso. Y si me sucede alguna vez, me paro y me digo a mi mismo ¿por qué vas tan rápido? ¿lo necesitas realmente o te han contagiado el virus de la prisa? Y si no hay ninguna razón, simplemente reduzco la velocidad. Es muy diferente y haces muchas más cosas. La paradoja de ir más despacio es que te vuelves mucho más productivo. El cerebro humano sólo puede concentrarse adecuadamente en una cosa cada vez. Intentar hacer varias, al mismo tiempo, es ineficiente e improductivo.
 ¿De verás tienes más tiempo?
Sí, y puedes sentirlo, no es sólo que tengas más espacio en tu agenda, es que el tiempo no pasa tan rápido y puedes hacer las cosas que quieres. Yo cuido de mis hijos por las tardes; ayer, después de la escuela, fuimos a la piscina. Despacio es más fácil.
¿La tecnología acelera nuestras vidas?
En realidad, la tecnología es una herramienta muy útil, una fuente de información y conocimiento increíble. Pero se convierte en un problema cuando los niños pasan seis o siete horas diarias deltante del ordenador. Algunos tienen 400 amigos en Facebook, y ni uno solo para ir a jugar al parque. Hay que encontrar el equilibrio.
Una tarea difícil. Muchos padres y educadores ya han tirado la toalla.
Es algo nuevo, aún estamos creando normas y protocolos para usar mejor la tecnología. Pero hay que poner límites. Los niños necesitan jugar de verdad, no con la Nintendo; necesitan amigos reales. Reflexionemos sobre la forma en que utilizamos la tecnología en la familia y en la escuela. Seguro que podemos hacer algo. Pongo un ejemplo, aunque no tenga relación con la infancia. El primer ministro inglés, David Cameron, en la primera reunión de su gabinete, prohibió el uso de Smartphones, móviles, Ipod, Blackberrys, etc. Sin aparatos, las sesiones son más creativas y productivas. Y si los ministros, todos hiperactivos, personalidades tipo A, adictos al Blackberry, quirúrgicamente conectados al Iphone, son capaces de apagarlos durante dos horas, ¿cómo no vamos a poder hacerlo en la escuela?
¿Los profesores ven también a los niños como proyectos?
El sistema escolar forma parte de una sociedad muy controladora que no deja espacio para descubrir quién eres realmente, para crear. Hay continuos exámenes, calificaciones y datos que memorizar.
 Pero una escuela sin exámenes…
Los exámenes responden a las necesidades de control, de certidumbre. A los políticos les encantan las cifras, las comparaciones, las clasificaciones: tal número de niños españoles ha obtenido tales resultados. Y puede ser muy útil, pero son una herramienta limitada. Crean una especie de ilusión, cuando en realidad no dicen mucho sobre las habilidades y aprendizajes reales. En los últimos años, la escuela se ha obsesionado con las evaluaciones, como si fuesen la única medida del valor de los alumnos. Y la presión empieza ya a los seis años. Pasamos demasiado tiempo clasificándolos en grupos de habilidad, seleccionando a los mejores, cuando los niños evolucionan a diferentes ritmos, cambian de un año para otro. Meterlos en cajas los limita. Con el exceso de exámenes se pierden muchísimos talentos; es como si les repitieras “no eres bueno, no vas a conseguirlo”.
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¿Cuál sería, entonces, el papel de la escuela?
La escuela debe abrir las mentes en lugar de cerrarlas, exponer a los niños al mayor número de ideas, de formas de pensar, a los mejores conocimientos. Enseñarles a amar el aprendizaje, a interesarse por las cosas, a hacer preguntas y ser curiosos. Ayudar a cada niño a encontrar su camino, a descubrir sus gustos y sus capacidades. Necesitamos una escuela abierta que ofrezca a todos las mismas oportunidades. No creo que su función sea formar a los chicos para los mejores empleos. Eso viene más tarde. Deberíamos preparar al mayor número de personas para que realicen todo su potencial, que sean capaces de pensar creativamente, de trabajar en grupo, en red, de resolver problemas de manera interdisciplinaria. Lleva tiempo cambiar un sistema tan complejo como el educativo; es un proceso largo, pero necesario.
¿Se plantearía eliminar el currículo y dar más libertad a las escuelas?
Sí, pero manteniendo algunas estructuras. El currículo oficial puede reducirse a algunos puntos esenciales. En el mundo atomizado en que vivimos, los estados necesitan conservar un cuerpo de conocimientos comunes, una base sólida, accesible a todos. Por ejemplo, una historia nacional que los ciudadanos conocen y comprenden, algunas bases en matemáticas, en ciencias… El resto, lo dejaría libre para que la escuela y el profesor elijan las modalidades, el momento adecuado. La flexibilidad permite adaptarse a cada niño, a cada familia, a cada comunidad. Esto sucede ya en algunos países, como Finlandia. Los sistemas educativos que mejor funcionan en el mundo son los que están más descentralizados. Afortunadamente, hay cambios positivos en todas partes.
 ¿Puede citar algunos ejemplos?
Hace unos meses, en Canadá, abrieron la primera guardería al aire libre, algo como un jardín secreto que vas a visitar. Hay que tener en cuenta que allí las temparaturas pueden bajar hasta menos 20 grados. El año pasado, Toronto se convirtió en el primer estado de Norteamérica que ha impuesto límites estrictos a los deberes en todos los cursos. Y otros estados se están planteando hacer lo mismo. Aquí en Inglaterra, el ministro de educación se propone dar más libertad a las escuelas y a los profesores. En todas partes, los padres crean grupos para reflexionar sobre la forma de educar.
¿Cree que su libro puede tener algo que ver?
Puede ser, pero la crisis también influye. Con menos dinero, las familias comen más en casa, compran menos juguetes tecnológicos, gastan menos en actividades extraescolares. Y hay una especie de movimiento cultural del que mi libro forma parte. Algunas personas me escriben diciendo que lo están utilizando para repensar su escuela o su familia… Es agradable sentir que lo que escribes tiene un efecto sobre la gente.

jueves, 16 de abril de 2015

¿Quieres que tu hijo tenga “éxito”? Pues déjale explorar


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Quizá por la incertidumbre hacia el futuro debido a la crisis, los padres y las madres están muy preocupados por preparar bien a sus hijos para un mundo muy dinámico y competitivo. Proliferan los padres y madres “helicóptero”, que diseñan la vida de sus hijos con cuidado, intervienen resolviendo todos los problemas y sobreprotegen. ¿Es esto bueno para la felicidad de nuestros hijos y para su éxito en la vida?

María y Luis tienen un hijo, Samuel, que tiene seis años. Desde que nació, sus padres se propusieron hacer que fuera feliz y se preparara para tener éxito en el mundo. Por eso, le han apuntado a muchas actividades extraescolares, le llevan a un colegio muy exigente, no tardan en intervenir al menor conflicto de Samuel con sus amigos o profesores… Un vistazo a la agenda de su hijo resulta estresante. Samuel apenas tiene tiempo, entre extraescolares, deberes y horas para practicar el piano, para jugar al aire libre. Samuel deja claro que no está contento, pero María y Luis insisten en que así se preparará para el futuro, tendrá éxito en el mercado laboral y tendrá la preparación necesaria incluso para ser un buen empresario. Les preocupa mucho el futuro que Samuel se va a encontrar y no quieren desperdiciar un minuto para prepararlo bien. Aparte del hecho incuestionable de que no están teniendo en cuenta los deseos y necesidades del niño, ¿es cierto que le están preparando bien? La respuesta, según un artículo de Katina Stefanova en Forbes, es no.
Portada de la revista Time sobre padres sobreprotectores
Portada de la revista Time sobre padres sobreprotectores
Según Stefanova, los llamados padres y madres helicóptero, con su planificación exhaustiva y su tendencia a intervenir en la vida de sus hijos, en realidad “entorpecen las cualidades más necesarias para el espíritu emprendedor y para el éxito en la edad adulta: la capacidad de adaptación, la iniciativa y la creatividad”.
Para Stefanova, los padres deberíamos incorporar lecciones del mundo emprendedor para preparar a nuestros hijos para el futuro. Y propone las siguientes:
Centrarse en objetivos, y no en tareas, con nuestros hijos. Si los padres hacemos que los niños se conecten con lo que hacen por el objetivo que quieren alcanzar, promoveremos su independencia y el manejo de responsabilidades. La experta recomienda acordar los objetivos con nuestros hijos y dejarle campo para que decida y diseñe las tareas para alcanzar el objetivo.
Dejar que los niños elijan sus actividades. Para el éxito en la vida, uno debe estar apasionado por lo que hace. Si les dejamos elegir, nuestros hijos realizarán las actividades con pasión y será más probable que descubran su talento y se conviertan en los emprendedores de su propia vida.
Permitir que los hijos se equivoquen a menudo. Los errores, el fracaso, nos enseñan importantes lecciones y nos dan fuerza. La experta recomienda enseñar a los hijos que está bien fallar siempre que aprendamos de los errores y que esto nos impulsa a mejorar. Stefanova recuerda que jóvenes que no están acostumbrados a fallar se ahogan en un vaso de agua y son incapaces de levantarse tras una caída y reinventarse.
Poner a los niños en situaciones en las que necesiten adaptarse. Los padres y madres sobreprotectores buscan conservar un entorno seguro para que su hijo crezca tranquilo y sin sobresaltos. Pero el futuro va a ser muy dinámico y cambiante, de modo que es necesario saber adaptarse al continuo cambio que nuestros hijos vivirán en su entorno. La experta recomienda exponer de manera consciente a nuestros hijos a situaciones a las que deban adaptarse, como viajes al extranjero, campamentos o incluso tiempo de juego libre. Stefanova considera que, por su estresante vida de actividades que “les preparan para el futuro”, muchos niños llegan a la juventud “exprimidos” y sin haber experimentado con su creatividad. Por lo tanto, propone dejar que nuestros hijos exploren más y hagan menos.
Y concluye: “El espíritu emprendedor no se centra en sobrevivir, sino en crecer enfrentándose a retos. Si damos espacio a nuestros hijos para que experimenten y aprendan como emprendedores mientras les guiamos, queremos y apoyamos, es más probable que crezcan como una nueva generación mejor preparada para vivir vidas completas y satisfactorias”. Y, añadimos, más humanas.
¿Qué os parece?

 http://www.gestionandohijos.com/quieres-que-tu-hijo-tenga-exito-pues-dejale-explorar/

Finlandia ya no enseñará matemáticas ni historia a sus estudiantes


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Los mayores de 16 años ya están estudiando de esta forma y no tienen que aprender matemáticas o literatura.

Por
Finlandia quiere prescindir de las matemáticas, de la historia, de la literatura para cambiarlo todo por temas concretos. Esperan que con el nuevo método, los estudiantes comprendan por qué es importante aprenderlo.
Es el país número uno en prácticamente todos los rankings escolares, como por ejemplo en el exhaustivo informe Pisa, que evalúa los resultados estudiantiles de 61 naciones de todo el mundo.
El éxito de la educación finlandesa reside en la alta implicación de los profesores -con elevada formación y bien remunerados-, los alumnos interactúan entre ellos y con el profesor, y existe un gran nivel de lectura.
Para que el país nórdico siga estando en lo más alto, sus políticos y funcionarios ya están pensando en cómo será el mundo del mañana para conseguir que los niños de hoy en día sean los mejores profesionales en el futuro. La conclusión de los diferentes grupos de trabajo creados específicamente para repensar la educación es revolucionaria: hay que acabar con las materias.
Nada de matemáticas, física, historia o literatura. Si se aprueba el nuevo plan de estudios, los jóvenes y niños tendrán que estudiar 'temas', ‘situaciones’ o ‘eventos’. Por ejemplo, una materia podría ser la Unión Europea, y en ella se tendrían que hablar de economía, de historia, o de política, pero en vez de ser temas estáticos, se relacionarían los unos con los otros.
Cambios
Los mayores de 16 años ya están estudiando de esta forma y no tienen que aprender matemáticas o literatura. Por supuesto, ellos ya tienen la base, porque ya la han dado en cursos anteriores. El desafío está en adaptar ese sistema a todas las edades.
Pasi Silander, jefe del departamento de Desarrollo Educativo de la ciudad de Helsinki, explica al medio inglés The Independent que lo que se busca es un tipo diferente de educación que prepare a los niños para el trabajo del mañana. "En el pasado, los bancos necesitaban muchos contadores que tuvieran que realizar muchos cálculos. Pero ahora la situación ha cambiado: los más pequeños ya usan computadores muy avanzados capaces de realizar esas operaciones, así que tenemos que cambiar para adaptarnos a la sociedad”, razona.
Además de este tipo de enseñanza por ‘temas’, la revolución escolar también se va a centrar en erradicar por completo la figura del profesor que da la clase y que no permite a los alumnos participar. Se va a potenciar que los jóvenes se dividan en grupos y afronten problemas ellos solos, poniéndose de acuerdo y potenciando así sus habilidades comunicativas y de trabajo en grupo.
Del lado de los profesores
Pero todos estos cambios no están siendo fáciles. Muchos profesores educados a la antigua dudan de que la falta de teoría y el exceso de práctica sean beneficiosos para los alumnos. Pero parece que se van a tener que adaptar al cambio. Actualmente, los colegios están obligados a dar algunos ‘temas’ a lo largo del año, estructurados de esta nueva manera y no como asignaturas.
Otro cambio que podría traer esta nueva ola es el fenómeno del denominado coprofesorado: dos docentes en el aula explicando un mismo ‘tema’, para enriquecer la clase. Marjo Kyllonen, el responsable de cambiar la educación en la ciudad de Helsinki, revela que para 2020 espera que en todo el país se hayan implementado estas nuevas formas. “Ahora hay algunos colegios que enseñan como si todavía estuviéramos a principios del siglo XX, es hora de saltar de lleno al siglo XXI”.

Ken Robinson Creatividad y la imaginación