La actividad consiste en que el niño pinta, libremente lo que quiera,
sin condicionamiento por parte de los adultos. Con el transcurso del
tiempo y la práctica, este trabajo lógicamente irá evolucionando,
creciendo y avanzando. No voy a entrar en cuestiones más teóricas acerca
de cómo es el dibujo infantil, o en cómo se trabaja desde la educación
creadora. Intentaré explicar tan solo lo concreto, lo práctico, el cómo
hacer para pintar en casa desde esta perspectiva.
En qué no consiste esta actividad
La actividad que propongo es opuesta a la forma en que se trata el dibujo infantil normalmente en nuestra sociedad.
Lo normal, cuando un niño pinta es: que se le de papel sucio y
pinturas de poca calidad; que no se le haga ningún caso mientras pinta; o
que se le den dibujos para colorear o para copiar; que se le pinten
cosas para que le inspiren, o para que vea cómo se pintan; que se le
pregunte qué hace; se pide que de explicaciones sobre su trabajo; se le
enseña a dibujar; se le dice que lo que hace es muy bonito, estupendo,
precioso; se expone su trabajo; se abandona su trabajo.
El dibujo infantil se trabaja en estas condiciones normalmente, y lo
que se consigue con ello es que los niños crean que no saben dibujar, y
que abandonen la pintura. Esto es así, es un hecho.
Materiales:
Lo más sencillo es trabajar con papel blanco y rotuladores. El papel
tiene que ser blanco, no cuadriculado ni por supuesto, con nada dibujado
ni escrito. El adulto tiene que demostrarle al niño que su trabajo es
importante. Por esto, porque se toma en serio el trabajo del niño, no le
da papel sucio, ni usado, le da folios en blanco, un buen papel.
Si se deciden usar rotuladores, estos deben pintar correctamente y hay tener repuesto para cuando se sequen.

Si se quiere simplificar, se puede utilizar también un
simple bolígrafo. Y si se quiere complicar más, se pueden utilizar
témperas, pero siempre cuidando la calidad del material. Para poder
trabajar bien, se necesita una buena herramienta.
Nosotros en casa utilizamos papel y rotuladores, no muchos colores. Pero a veces utilizan una pizarra blanca y rotuladores.
Lo importante es que tengan para trabajar un buen material, cuidado, bueno, en condiciones.
Espacio y tiempo:
Cuando nosotros pintamos en casa, lo hacen sentados en una mesa
pequeña, de su medida. Se puede hacer también en una grande, o cada uno
donde le resulte cómodo. Lo importante es que lo hagan en una posición
adecuada. El adulto tiene que cuidar eso.
En casa no tenemos mucho espacio, pintan mis tres hijos juntos en la
misma mesa. Cada uno en su hoja, porque el trabajo de cada niño es
sagrado. No se comparte el trabajo. Pero sí se comparte el espacio (la
mesa) y los rotuladores. Lo social se trabaja respetando
escrupulosamente el trabajo de los demás, y respetando el material y el
espacio que tenemos.
Y esta actividad se puede realizar todas las veces que se quiera, los
días que se quieran. Como mínimo, yo la pondría un día a la semana.
Pero lo que sí que es importante es que haya un ritmo, una continuidad
en el trabajo, para que pueda haber una evolución. No sirve de nada
pintar todos los días durante dos semanas, y estar otras dos sin pintar,
luego pintar un día suelto, otra semana sin tocarlo y luego tres días
seguidos… Es necesaria una constancia, que puede ser la que cada familia
necesite: un día si, uno no; o todos los días; o cada tres días, o un
día a la semana…. pero con una cierta regularidad.
Y el tiempo que dura la actividad, depende de cada niño, de su edad y
de su ritmo. Mis hijos por ejemplo, cuando pintan suelen estar entre 15
y 30 minutos.
Qué hace el niño
El niño pinta. Ese es su trabajo. Es asunto solo de él, no nuestro. No pinta para nosotros.
Qué hace el adulto
El adulto se encarga de que el niño pinte en las mejores condiciones
del mundo. Acompaña al niño, le apoya, y hace posible que el niño pueda
trabajar. Le da valor e importancia al trabajo del niño sin juzgarlo.
Asiste al niño y a su trabajo. El adulto tiene que establecer con el
niño una relación a la que no estamos acostumbrados, una relación que es
difícil que hayamos visto en ningún sitio.
El adulto hace cosas que son accesorias, que hacen el trabajo
agradable. Es como una herramienta del niño. Hace aquellas cosas que
distraerían al niño de su trabajo. Tiene que estar ocupado, porque no es
un observador y es fácil pasar de observador a destinatario del
trabajo. Tiene que dejar de ser el que evalúa el trabajo final, para
pasar a ser el que cuida y hace posible que haya un proceso.
En nuestra sociedad, se alaba el trabajo del niño para motivarle a
que siga pintando, para animarle, para demostrarle que nos importa. En
esta actividad, le haremos ver al niño que le queremos, y que su trabajo
nos importa de otra manera, sin inmiscuirnos en el contenido de su
trabajo, sin juzgar el dibujo. Esto lo hacemos cuidando su trabajo,
respetando su proceso, protegiéndolo del juicio, estando presentes,
dándole lo que necesita, asistiéndole en su proceso y desarrollo.
Lo normal es que un niño pinte y cuando termine le digamos “que
bonito”. Aquí lo que propongo es darle valor al trabajo del niño a lo
largo de toda la actividad, sin pasar por el juicio. Yo no lo demuestro
que le quiero y que su trabajo me importa porque le ponga una buena nota
final diciéndole cuánto me gusta, yo le demuestro que le quiero y que
su trabajo me importa, dando la posibilidad de que ese trabajo se
desarrolle y crezca, respetándolo y protegiéndolo del juicio, cuidando
de las condiciones para que todo esto pueda desarrollarse.
Esto se traduce en que el adulto:
- le da al niño un buen material: le da buen papel, le coloca a su
alcance buenos rotuladores, tiene repuestos para cuando se sequen
dárselos…
- cuida de que el material vaya a continuar en buen estado: limpia la
mesa cuando se ensucia, cambia los rotuladores que se secan por otros
nuevos, no deja que nadie trate mal el material, cuida de que el
rotulador esté bien cerrado cuando se deja…
- cuida de que el niño trabaje cómodo: si está demasiado lejos de la
mesa, le acerca; si la mesa es demasiado alta, le coloca un cojín en la
silla; si el niño pinta tumbado en el suelo, le da un cojín, o le tapa
con una mantita, o le da una carpetita o un cartóncillo para que ponga
debajo del trabajo y pinte cómodo. También cuida de la mano del niño:
para poder pintar en las mejores condiciones, la mano tiene que estar
relajada y se tiene que coger el rotuladores de la forma correcta.
- da y hace cumplir unas normas: da hábitos de trabajo, de cómo coger el rotulador, respetar el trabajo del compañero…
- guarda el trabajo terminado, poniéndole antes el nombre y fecha, y lo archiva en una carpeta para cada niño
- no juzga el trabajo, ni lo describe, ni comenta, ni motiva… No entra para nada en el trabajo, porque no es asunto suyo:
el dibujo es el juego del niño.
- conoce cómo es un proceso normal, hace cursos, lee libros y
reflexiona. Conocer el proceso te permite no juzgarlo. Saber que hay una
evolución, da mucha tranquilidad, quita miedo. Si sabes que en la
evolución de dibujo, el niño pinta torbellinos, y luego ganchos, no te
da miedo respetar el proceso, porque sabes lo que va a suceder. No te
extrañas, ni te sorprendes, simplemente acompañas el proceso sin
juzgarlo.
Qué no hace nunca
- hablar del contenido del trabajo, juzgar, exponer,
- comparar niños: cada niño es diferente a los demás, y por eso cada niño tiene un proceso diferente de los demás
- enseñar a pintar: trabajando así, el niño aprende a pintar, sin
enseñanza. Con continuidad y sin juicio, el niño se siente seguro y
puede jugar pintando. Así, su trabajo va evolucionando, pasando por
diferentes etapas, conquistando nuevos descubrimientos con seguridad y
sin miedo. Y este aprendizaje dura toda la vida.
- abandonar al niño: el adulto tiene que estar presente, no se les puede dejar solos
- ser un observador: y no puede tampoco quedarse quieto mirando, tiene que hacer algo
Un ejemplo práctico:
En nuestra casa, puede que ellos me pidan pintar, o que se lo ofrezca
yo. Cuando les veo que no están haciendo nada se lo ofrezco,
les pregunto ¿queréis pintar? y si uno quiere, normalmente los demás
también, por lo que casi siempre pintan los tres a la vez. Solo les dejo
pintar en estas condiciones si yo voy a poder estar atendiéndoles,
sino tienen que esperar a otro momento en que yo pueda estar con ellos.
Lo primero que hacemos es preparar la mesa, porque la solemos tener
llena de cosas, así que despejamos el espacio y se sientan. Tiene cada
uno su silla, pero a veces les gusta cambiarse el sitio. Da igual, lo
importante es que la mesa esté limpia, despejada y en condiciones, que
no haya nada alrededor que moleste o distraiga, que haya un orden. Pongo
un bote con los rotuladores en el centro de la mesa (aunque también se
puede colocar en otro lugar y van y vienen a cogerlos) y les doy una
hoja a cada uno.
Al darles la hoja, conviene dársela a la mano y no colocársela en el
mesa, porque así ellos se la ponen en la mesa como quieran (vertical u
horizontal), sin que yo tenga que preguntarles. Los folios están
guardados en otro lugar, por lo que se levantan a coger la hoja, y
vuelven a la mesa.
Cada uno coge un rotulador, el que quiera y comienzan a pintar. Solo
se puede coger un rotulador, el que van a usar, porque no se puede
acaparar los rotuladores (hay pocos y hay que tener en cuanta a los
demás, y además solo se pinta con un color cada vez). Y hay que
tratarlos bien, no les dejo que los golpeen. También hay que poner
atención a que se tapen bien para que no se sequen. Cuando cambian de
color, dejan el rotulador en su sitio (orden, limpieza y respeto por lo
demás y el material) y cogen otro de otro color.
Mientras están pintando charlamos de todo un poco, de cualquier cosa
menos del trabajo que estén haciendo, claro. Durante todo el proceso hay
que hacer ver para qué estamos presentes: estamos ahí porque los
queremos, porque los aceptamos, porque su trabajo es importante para
nosotros. Esto hace que al final, el niño no busque la aprobación del
adulto a través de su trabajo (“¿te gusta?”), el niño se tiene que dar
cuenta de que ya tiene nuestra aprobación. Pero no hay un juicio del
trabajo. No entramos en el trabajo, ni para juzgarlo ni para
describirlo. Su trabajo es suyo.
Lo que suelo hacer mientras pintan es limpiar la mesa con una
toallita, cuando se cae algo al suelo (un rotulador o una tapa) se lo
recojo, y así no se tienen que levantar; asegurarme de que no se les
dobla ninguna esquina del trabajo…. Esas cosas. En cuanto los niños y el
adulto entienden cual es la función del adulto, surgen solas las
cosillas que se pueden hacer.
Con mi hijo pequeño, por ejemplo, que tiene 20 meses, lo que tengo
que hacer es tener cuidado de que coja bien el rotulador, porque tiende a
cogerlo o muy cerca o muy lejos de la punta. Y recogerle todo lo que se
le cae (que es bastante). También tengo que tener cuidado de que no
coja un puñado de rotuladores. No lo hace para acaparar, lo hace por
jugar, así que le suelo ofrecer otro material (“con los rotuladores no
puede jugar así, ¿has terminado de pintar? ¿quieres que saquemos las
piezas de construcción?”). Los rotuladores solo se los dejo para pintar,
para jugar le doy otro material. No los puede chupar, ni lanzar, ni le
dejo jugar a meterlos y sacarlos del bote (que le encanta).
Con mi hijo mayor, que tiene 5 años, mi trabajo va por otro camino.
Él es más mayor, y está mucho más condicionado, por las abuelas y por el
colegio. Por lo que mi trabajo fundamentalmente es darle conversación.
Si mientras trabaja, estamos charlando tranquilamente, de cualquier
cosa, no hay ningún problema, puede pintar con calma, con seguridad,
jugando, disfrutando, sin comeduras de coco. Mientras charla conmigo
puede jugar a pintar sin problemas. Pero si no estoy presente, o me
distraigo… poco a poco tiende a meterse en el trabajo de sus hermanos, a
contarnos qué está pintando, … es muy sutil, porque en casa esto lo
trabajamos mucho, y no tiene un condicionamiento bestial, pero por
pequeño que sea no me gusta. Cuanto más condicionado está el niño, más
dificil es trabajar así.
Y con mi hija, que tiene 3 años, es todo mucho más fácil. Pide todo
lo que necesita, y listo. Ahora mismo necesita muy poco: apenas se le
caen cosas, y casi no se le escapa el trazo del papel. Y ahora mismo no
tiene ningún condicionamiento ni ningún problema. Pero como tiene
asumida esta relación que tenemos, como tiene claro cual es mi papel, y
quiere seguir teniendo trato conmigo, ella misma ha buscado algo que yo
pueda hacer, para trabajar juntas, para que yo la cuide, para que yo
pueda hacer ver que su trabajo me importa sin pasar nunca por el juicio.
Me pide que le sostenga la tapa del rotulador: coge un color, lo
destapa, y me da la tapa, cuando termina con el color me lo da, y
mientras yo lo tapo y lo pongo en su sitio, ella coge otro y me da la
tapa nueva. Esto lo ha pedido ella sola, a mí no se me había ocurrido, y
es un buen trabajo para el adulto que asiste el juego de pintar y que
no sabe muy bien qué hacer.
Cuando alguno de los tres termina su trabajo, lo cojo y le doy la
vuelta, y en la parte de atrás pongo su nombre y la fecha. E
inmediatamente lo guardo en su carpeta.
Nunca hay comentarios sobre los trabajos:
- Ya está,
- Trae, hoy es….. ¿Quieres otra hoja?
- si, dame
No hay un momento en el que nos detengamos a mirar el trabajo, es
todo inmediato, me lo dan, le pongo el nombre y lo archivo, por lo que
no se da pie a hacer comentarios o a entrar en el trabajo del niño. Cada
uno tiene una carpeta, en la que voy archivando todos sus trabajos.
Tengo todos los dibujos que han hecho perfectamente guardados y
archivados. Y lógicamente, en ellos hay una evolución, ha habido un
proceso, un aprendizaje, sin juicio, con seguridad, sin depender de la
opinión de los demás, sin motivación, solo respetando y haciendo posible
el juego de pintar. De verdad que los niños no necesitan motivación
para pintar: mi hijo mayor ha pintado así 5 años, y se ve perfectamente
una evolución en su trabajo. Y en casa no ha recibido nunca ningún
juicio sobre su trabajo.
Hay gente a quien no le gusta esta forma de hacer las cosas porque
creen que es cruel no decirle a un niño que te gusta su dibujo. Esto no
consiste en eso, esto no es un método que consiste en no decir “qué
bonito”. Consiste en no juzgar algo que no está destinado a ser juzgado.
Consiste en posibilitar una evolución y un desarrollo, en no cortarlo.
Desde mi punto de vista es cruel destruir el juego de pintar, haciéndole
entender al niño que al dibujar tiene que conseguir un trabajo que
guste a los de su alrededor. Hay muchas formas de hacer ver a un niño
que le quieres.
Si vas a intentar hacer algo así en casa:
Con un niño pequeño, que no está condicionado es muy fácil, y que
empieza a pintar, es muy muy fácil. Solo hay que reflexionar un poco
acerca del papel que quiere jugar el adulto en este proceso.
Con un niño que ya está condicionada, es un poco más complicado, pero
se puede. El adulto tiene que tener claro, qué va a hacer y que no, y
poner un antes y un después. Yo intentaría cambiar todo lo que rodeaba
el dibujo antes, si se daban otras condiciones.
Por ejemplo, si antes el niño pintaba solo en su habitación, ahora le
haría pintar en el salón. O si antes pintábamos juntos en el salón,
pues ahora en la habitación. Cortar con lo que se ha hecho antes. Se
pueden ir a comrpar un paquete de folios, una carpeta y unos rotuladores
nuevos, que no haya usado antes. Y se puede preparar un rinconcito en
casa, nuevo, donde se vaya a pintar.
Al niño se le puede verbalizar todo, no pasa nada, pero es mucho más
importante lo que se hace que lo que se dice. Se le puede explicar en
qué consiste el juego de pintar, y se puede poner la norma de que “no se
habla del trabajo”.
Hay niños a quienes les resulta muy difícil recuperar su juego de
pintar, todo depende de lo condicionados que estén, y hay niños que lo
pasan muy mal. Pero se puede. Es una gran conquista para el niño dejar
de trabajar para los demás y comenzar a trabajar para uno mismo. Es
mucha responsabilidad y requiere un gran esfuerzo por parte del niño,
pero por supuesto que se puede.
Para saber más:
- En el blog hay una serie de entradas dedicadas al dibujo infantil, a
la educación creadora y al juego de pintar. Se pueden buscar en el
índice, o en las categorías
- También hay mucha información en la página de
Diraya, los talleres de educación creadora de Bilbao. En los
enlaces hay referencias de a más páginas de educación creadora.
- El último libro de Arno Stern, titulado Del dibujo infantil a la semiología de la expresión, ed. Carena